sábado, 15 de mayo de 2010

El síndrome de la felicidad

Tatiana Herrera Ávila
por Los DefraGmentados


Afirmaciones del tipo "Costa Rica es el país más feliz del mundo" o "Los mexicanos son pobres... pero felices" (CNNexpansión, 11/05/2010) me hacen reflexionar acerca de la felicidad.

El tema ha ocupado a las grandes mentes a lo largo de la historia de la humanidad y se ha dicho mucho. La felicidad es sin duda un estado absoluto y por ello imposible de alcanzar, si se quiere utópico. Los antiguos griegos desde sus múltiples escuelas filosóficas abordaron el asunto a menudo. Por ejemplo, para Epicúreo, la felicidad se relaciona con el placer, con el hedonismo; desde Aristóteles, más bien tiene que ver con cumplir objetivos; según los cínicos se vincula con la independencia y la autosuficiencia; y así podría seguir haciendo el recorrido teórico de las diferentes concepciones de la felicidad que se han manifestado a lo largo de la historia humana. Pero este no es el lugar y claramente ese no es mi objetivo.

Es importante agregar que la felicidad, desde la perspectiva religiosa es fundamental. Particularmente, en el cristianismo, la felicidad verdadera se alcanza solamente en el más allá, una vez que se ha pasado por este valle de lágrimas o, en el mejor de los casos, la felicidad está en servirle a Dios, esto es conformarse con lo que el ser supremo ha dispuesto para mí.

También debe apuntarse que, para la sociedad moderna, la felicidad se encuentra íntimamente relacionada con el progreso y, por lo tanto, con el desarrollo que, como se sabe, está unido a la acumulación de capital. Así las cosas, hoy en día se promulga que hay que tener mucho para ser feliz, aún cuando desde la doble moral nos digan que el dinero no lo es todo y demás palabrería barata. Esto es porque existen dos niveles: la felicidad que se vende para que todos quieran alcanzarla (la de todo millonario existoso) y la felicidad moral (que no requiere del dinero) y que implica que, aunque se esté mal y marginado, se puede ser feliz.

Si se parte de lo anterior, ya podemos ir entrando en materia, porque la felicidad sirve para no aspirar a más: funciona como tope; y me interesa aquí más que nada discutir la pertinencia de dicho concepto con respecto a la construcción imaginaria que hacemos de nuestro país.

Poner en duda que Costa Rica es el país más feliz del mundo es relativamente fácil, basta con ver la actitud del tico en las carreteras o el aumento de la violencia en la resolución de conflictos intrafamiliares y sociales. ¿Cómo es que, si somos más felices, acudimos tanto a la violencia?

Pero más allá de si es cierta o no la aseveración (y me parece evidente que no lo es), lo interesante es ver la utilidad ideológica implicada en tal proposición porque, si ciertamente somos tan felices, no hay nada que cambiar. No es casual que la noticia apareciera en el año electoral (2009).

En el más reciente concierto de Joaquín Sabina celebrado en el país, contaba el español que un amigo le había preguntado si era feliz, a lo cual el cantautor, tras pensar un momento, respondió que sí. Ante esta respuesta, el amigo le había reprochado: "¿Cómo has podido caer tan bajo?" Y es que la felicidad es más bien contraproducente, en tanto paraliza al sujeto. En términos del psicoanálisis, el deseo (en la medida en que se desea lo que falta) es lo que permite al sujeto moverse y existir. Estar incompleto, ser carente es necesario. Así, la felicidad implica la ausencia del deseo: si soy feliz (completo), no deseo nada, ergo no hay razón para existir.

Si el sujeto cree que es feliz, se vuelve conformista y piensa que vive de la mejor forma posible. Es, por decirlo así, una forma clarísima de autoengaño, donde incluso el sujeto luchará por sostener el status quo, ya que su estado es perfecto y no puede mejorar (no imagina nada mejor). Esto, más que felicidad, es domesticación.

Ya lo decía Figueres, acerca del pueblo tico, somos un pueblo domesticado. Lo irónico es que el propio José Figueres contribuyera a dicha domesticación. Posiblemente, más que irónico sea un vivo ejemplo del cinismo del expresidente, pero eso es otro tema. Lo que importa acá es que Costa Rica, autoengañada, está convencida de que es feliz, de que vive en el mejor sistema posible y, entonces, de que hay que dejar todo como está.

Ante ese pensamiento, es inevitable que a los que levantamos la voz contra esa felicidad, nos acusen de antipatriotas. Y es que, para ellos, venimos a arruinarles la fiesta y eso a nadie le gusta. Si hablamos de pobreza, la respuesta del autoengaño es sencilla: hay más pobres en Nicaragua y tenemos el programa de becas estudiantiles "Avancemos" (porque la educación nos saca de pobres). Si hablamos de violencia también es muy fácil: el autoengaño dice no tenemos ejército. Si denunciamos que quieren destruir el ambiente, ahí está la paz con la naturaleza... Y como vemos una vez más, Hitler y compañía no se equivocaban: la mentira, cuanto más grande, más creíble.

Lo más grave es que el costarricense está dispuesto a sostener esta felicidad a toda costa. Y ante la evidencia de una grieta en la burbuja, la gran mayoría opta por ver hacia otro lado. Es más fácil creer que no es para tanto, en vez de tomar conciencia de que nos han echado del paraíso terrenal.

Sólo así se explica por qué mucha gente estaba molesta con los manifestantes el día del traspaso de poderes. La marcha echaba a perder el acto tan bonito que había preparado el gobierno.

Ya no se puede decir que es sólo culpa de los que están en el poder: el trabajo ideológico ha sido tan bueno que ya no hay relación entre la autoimagen que tiene el tico y la realidad. Hoy muchos costarricenses no son más que Quijotes que no saben diferenciar la ficción de la realidad en aras de la felicidad, y no quieren ver que la Dulcinea de la democracia y la paz, no es más que una máscara.

Como dice el refrán: no hay peor ciego que el que no quiere ver. En Costa Rica, muchos se tapan los ojos ante realidades como la represión policial que venimos sufriendo desde hace tiempo, y que ha venido en escalada en el último mes. Se tapan los ojos ante la corrupción, se tapan los ojos ante la violencia doméstica, ante el aumento del desempleo y la pobreza, se tapan los ojos ante los cuestionados procesos electorales de los últimos ocho años, se tapan los ojos ante la destrucción de la naturaleza, se tapan los ojos ante un sistema que colapsa y que ya no es, ni por asomo, la isla en medio de un caos, ni la Suiza centroamericana, de la que se ufanaban los abuelos (síndrome de felicidad que ha enfermado al costarricense desde su fundación).

Entonces, como decía, si somos felices no hay posibilidad ni necesidad de cambio. Esa es la condena con la que el grupo en el poder acalla a cualquiera que se atreva a disentir. ¡Qué estrategia ideológica más maravillosa!, no hay necesidad de hacer que la gente esté bien, solo basta con hacerles creer que no pueden estar mejor.

El tema da para mucho pero, como defragmentada que estoy, nada más trato de encontrar coherencia en pedazos de la realidad. Otro día, sin duda, vendrán más fragmentos sobre el mismo tema.

2 comentarios:

  1. Me parece bien que se desmitifiquen una serie de creencias del susodicho "ser costarricense" que se autoengaña perteneciete a un país democrático y pacífico. Nada más contrario a la realidad, herencia del gobierno del cuestionado "Premio Nobel de la Paz" cuya característica es y será históricamente la mentira, la represión y la destrucción de la Naturaleza. ¡Y qué hablar de la payasada esa de que "los costarricenses somos los más felices", a como bien lo apunta Herrera. Temás como estos, coyunturales porque son y serán siempre actuales, son los que debemos de tener la valentía de cuestionar. Hasta pronto ¡ticos autoengañados!

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  2. ¡Ja, ja! ¡La anécdota de Sabina está buenísma!

    Por lo demás un poco de felicidad no le hace mal a nadie. El problema se da cuando se mezclan delicidad y política o, como en el caso tico, felicidad y chauvinismo.

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