Víctor Alvarado Dávila
por Los DefraGmentados
Cuánto envidio a los discípulos de Marx, a los comunistas, socialistas y demás descendientes.
¡Qué valor!
¡Qué virtud!
Han renunciado a la propiedad privada, a cualquier tipo de bien propio: casa, automóvil y…
La conciencia social les prohibió seguir reproduciendo el círculo de opresión
Ya no trabajan para nadie
No dependen de salario alguno
Ni como obreros de fábricas
Ni como profesores universitarios
La sabiduría les hizo ver que es muy cómodo criticar al sistema cuando este les alimenta desde adentro
Por eso renunciaron a sus cátedras académicas y a sus puestos laborales en el gobierno
Y por sus cabezas no pasó más la idea de trabajar para empresas privadas
Ahora son sus propios jefes
Siempre consecuentes con sus principios
Siembran su propio tabaco y hacen su propia chicha
Ellos no le siguen el juego a las grandes tabacaleras y licoreras transnacionales
No caen en el estereotipo publicitario de Marlboro e Imperial
Lo han desmitificado todo
No creen en La Nazión
Ya no la compran
Ni la leen a escondidas
Saben que la información es sesgada y manipulada
Incluso, renunciaron con mucho esfuerzo y sacrificio consciente y tenaz a los modelos de belleza interiorizados, que ni siquiera, observan los concursos de belleza y menos aún las películas pornográficas de las grandes industrias.
Y, son capaces de incendiar un Levi’s nuevo si alguien osa humillarlos con ese regalo, símbolo de la explotación.
Y castigarían severamente a sus hijos si se dan cuenta que comieron en Burger King o cualquiera de las cadenas transgénicas.
Cuánto admiro a estos humanistas que no consumen ni producen nada para perpetuar el sistema capitalista imperial.
¡Qué valor!
¡Qué virtud!
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viernes, 30 de julio de 2010
Profundos
Víctor Alvarado Dávila
por Los DefraGmentados
Como soldados imbéciles repetimos que la vida consiste en nacer, reproducirnos y morir
Y nos sentimos profundos al descubrir que para vivir es necesario nacer
Y nos sentimos profundos al descubrir que para morir es necesario vivir
Nuestro orgullo se hincha de profundidad al descubrir nuestra finitud
Y creemos haber descubierto lo esencial de la supervivencia humana: la reproducción
Pero basta echar una ojeada por la ventana para corroborar que hay quienes no solo no se reproducen sino que detestan la sola idea de la perpetuación de sus genes
Y, sean cuales sean sus móviles y motivos, poco importa
Mas lo sustancial se oculta por el poder de su evidencia monstruosa
Nacemos… sí
Morimos… por dicha
Pero estamos gracias a nosotros mismos
por Los DefraGmentados
Como soldados imbéciles repetimos que la vida consiste en nacer, reproducirnos y morir
Y nos sentimos profundos al descubrir que para vivir es necesario nacer
Y nos sentimos profundos al descubrir que para morir es necesario vivir
Nuestro orgullo se hincha de profundidad al descubrir nuestra finitud
Y creemos haber descubierto lo esencial de la supervivencia humana: la reproducción
Pero basta echar una ojeada por la ventana para corroborar que hay quienes no solo no se reproducen sino que detestan la sola idea de la perpetuación de sus genes
Y, sean cuales sean sus móviles y motivos, poco importa
Mas lo sustancial se oculta por el poder de su evidencia monstruosa
Nacemos… sí
Morimos… por dicha
Pero estamos gracias a nosotros mismos
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Autoengaño,
Crítica,
Existencia,
Superficialidad
sábado, 29 de mayo de 2010
La promesa celestial
Víctor Alvarado Dávila
por Los DefraGmentados
Uno de los términos o conceptos más escabrosos que se acercan a lo inefable, es el que más de medio mundo conoce por “Cristianismo”.
¿Qué es el Cristianismo? ¿Qué y quiénes son los cristianos? ¿Cómo se come eso?... ¡Ja!, ni los “cristianos” se ponen de acuerdo.
El “cristianismo” nace como un movimiento posterior a Cristo (cuya figura fue tan grande, que hoy la historia occidental se divide en Antes y Después de Cristo). Desgraciadamente --o venturosamente-- Cristo no escribió. Si lo hubiera hecho quizás podríamos haberlo comprendido mejor.
El “Cristianismo”, generalmente plasmado en el “Libro Sagrado” de los “Cristianos”, tiene diversidad de implicaciones sociales --en el amplio sentido de la palabra-- debido a sus postulados existenciales.
No recitaré párrafos enteros de LA BIBLIA, como lo hacen los decadentes “hijos de Lutero”; pero muchas veces el “Cristianismo”, gracias a la diversidad de sus postulados, lleva al individuo a la resignación de su presente condición humana: “Porque Dios así lo quiere”, “que se haga la voluntad de Dios”. Son frases que en ocasiones resultan útiles para justificar una determinada situación. Ya sea una situación ventajosa o desventajosa: “El rico es rico porque Dios así lo quiere, y si el pobre es pobre, es porque es la voluntad del Altísimo”. La clase poderosa, gobernante, etc., utiliza muchas veces en estos casos, ciertos postulados para justificar su situación de poder, dominación, riqueza y opresión.
El tipo de resignación existencial del que aquí se habla, se sostiene sobre el supuesto principio -- aquí todos son supuestos-- que proclama que “el cielo” será la morada o el mundo de los humildes, de los pobres, etc.
Los pobres, los humillados y los humildes oprimidos, creyentes todos de esas vagas promesas, se resignan pacientemente a su situación, porque en el mundo del más allá, serán recompensados por Dios, porque los ricos, los orgullosos o los opresores (en fin los “malos”) serán castigados por Dios. Los de malas costumbres, los pobres de espíritu, y los no creyentes serán llevados al purgatorio o al infierno. Los marginados encontrarán su vida eterna en el paraíso y por ello esperan con paciencia. Se dejan oprimir por Dios porque más tarde Él los recompensará. Sufrirán aquí con tal de ganarse “el cielo”. ¡Si supieran que todo es una vil farsa! Estos marginados resignados, inyectados por ese determinismo teológico, son negadores del mundo, consciente o “inconscientemente”. Desean en el fondo desembarazarse de esta vida lo más rápidamente posible; no se suicidan porque eso no sería voluntad de Dios. Darse la libertad de suicidarse sería pecado, y los pecadores van al infierno.
Con esto caeríamos nuevamente en el problema del libre albedrío y en la infantil interrogante: ¿cuál es la voluntad de Dios?
Marx repitió muy bien cuando dijo que “la religión es el opio del pueblo”. En este caso la religión adormece la conciencia de rebelión de los marginados oprimidos. No se rebelan porque el determinismo teológico los induce a la resignación. (Puede que algunos no se rebelen por cobardía u otras razones y ponen como pretexto su fingida creencia en ciertos principios bíblicos, los cuales se presentan como directrices vivenciales.) Como se ve claramente, estos negadores del mundo les hacen la vida más fácil a quienes no creen en tales fábulas, quienes se valdrán, más bien, muchas veces de ellas.
El transcurrir de nuestras vidas está aquí y no en el más allá abstracto de lo místico-religioso. Pobres de aquellos que se aferran a tales creencias.
Cristo vino a predicar, entre muchas cosas, la igualdad entre los hombres. Sin embargo, la “justicia” me dice que no somos iguales. Si existiera Dios, no sé si seríamos iguales ante “los ojos de él” y no me importa. Pero si hay algo de lo que estoy seguro, es de que en el mundo de lo terrestre, los hombres no somos iguales. Está de más presentar hechos. Si el ideal del “Cristianismo” es la igualdad entre los hombres, cabe decir que tal ideal es imposible. Por otra parte, si la igualdad es imposible, el amor al enemigo es una fantasía... una ficción.
por Los DefraGmentados
Fragmento del libro:
Divagaciones Metafísicas: ...y el hombre creó a Dios.
Calle de la Amargura Editora, 2009.
Divagaciones Metafísicas: ...y el hombre creó a Dios.
Calle de la Amargura Editora, 2009.
Uno de los términos o conceptos más escabrosos que se acercan a lo inefable, es el que más de medio mundo conoce por “Cristianismo”.
¿Qué es el Cristianismo? ¿Qué y quiénes son los cristianos? ¿Cómo se come eso?... ¡Ja!, ni los “cristianos” se ponen de acuerdo.
El “cristianismo” nace como un movimiento posterior a Cristo (cuya figura fue tan grande, que hoy la historia occidental se divide en Antes y Después de Cristo). Desgraciadamente --o venturosamente-- Cristo no escribió. Si lo hubiera hecho quizás podríamos haberlo comprendido mejor.
El “Cristianismo”, generalmente plasmado en el “Libro Sagrado” de los “Cristianos”, tiene diversidad de implicaciones sociales --en el amplio sentido de la palabra-- debido a sus postulados existenciales.
No recitaré párrafos enteros de LA BIBLIA, como lo hacen los decadentes “hijos de Lutero”; pero muchas veces el “Cristianismo”, gracias a la diversidad de sus postulados, lleva al individuo a la resignación de su presente condición humana: “Porque Dios así lo quiere”, “que se haga la voluntad de Dios”. Son frases que en ocasiones resultan útiles para justificar una determinada situación. Ya sea una situación ventajosa o desventajosa: “El rico es rico porque Dios así lo quiere, y si el pobre es pobre, es porque es la voluntad del Altísimo”. La clase poderosa, gobernante, etc., utiliza muchas veces en estos casos, ciertos postulados para justificar su situación de poder, dominación, riqueza y opresión.
El tipo de resignación existencial del que aquí se habla, se sostiene sobre el supuesto principio -- aquí todos son supuestos-- que proclama que “el cielo” será la morada o el mundo de los humildes, de los pobres, etc.
Los pobres, los humillados y los humildes oprimidos, creyentes todos de esas vagas promesas, se resignan pacientemente a su situación, porque en el mundo del más allá, serán recompensados por Dios, porque los ricos, los orgullosos o los opresores (en fin los “malos”) serán castigados por Dios. Los de malas costumbres, los pobres de espíritu, y los no creyentes serán llevados al purgatorio o al infierno. Los marginados encontrarán su vida eterna en el paraíso y por ello esperan con paciencia. Se dejan oprimir por Dios porque más tarde Él los recompensará. Sufrirán aquí con tal de ganarse “el cielo”. ¡Si supieran que todo es una vil farsa! Estos marginados resignados, inyectados por ese determinismo teológico, son negadores del mundo, consciente o “inconscientemente”. Desean en el fondo desembarazarse de esta vida lo más rápidamente posible; no se suicidan porque eso no sería voluntad de Dios. Darse la libertad de suicidarse sería pecado, y los pecadores van al infierno.
Con esto caeríamos nuevamente en el problema del libre albedrío y en la infantil interrogante: ¿cuál es la voluntad de Dios?
*
Marx repitió muy bien cuando dijo que “la religión es el opio del pueblo”. En este caso la religión adormece la conciencia de rebelión de los marginados oprimidos. No se rebelan porque el determinismo teológico los induce a la resignación. (Puede que algunos no se rebelen por cobardía u otras razones y ponen como pretexto su fingida creencia en ciertos principios bíblicos, los cuales se presentan como directrices vivenciales.) Como se ve claramente, estos negadores del mundo les hacen la vida más fácil a quienes no creen en tales fábulas, quienes se valdrán, más bien, muchas veces de ellas.
El transcurrir de nuestras vidas está aquí y no en el más allá abstracto de lo místico-religioso. Pobres de aquellos que se aferran a tales creencias.
*
Cristo vino a predicar, entre muchas cosas, la igualdad entre los hombres. Sin embargo, la “justicia” me dice que no somos iguales. Si existiera Dios, no sé si seríamos iguales ante “los ojos de él” y no me importa. Pero si hay algo de lo que estoy seguro, es de que en el mundo de lo terrestre, los hombres no somos iguales. Está de más presentar hechos. Si el ideal del “Cristianismo” es la igualdad entre los hombres, cabe decir que tal ideal es imposible. Por otra parte, si la igualdad es imposible, el amor al enemigo es una fantasía... una ficción.
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Autoengaño,
Conformismo,
Cristianismo
sábado, 15 de mayo de 2010
El síndrome de la felicidad
Tatiana Herrera Ávila
por Los DefraGmentados
Afirmaciones del tipo "Costa Rica es el país más feliz del mundo" o "Los mexicanos son pobres... pero felices" (CNNexpansión, 11/05/2010) me hacen reflexionar acerca de la felicidad.
El tema ha ocupado a las grandes mentes a lo largo de la historia de la humanidad y se ha dicho mucho. La felicidad es sin duda un estado absoluto y por ello imposible de alcanzar, si se quiere utópico. Los antiguos griegos desde sus múltiples escuelas filosóficas abordaron el asunto a menudo. Por ejemplo, para Epicúreo, la felicidad se relaciona con el placer, con el hedonismo; desde Aristóteles, más bien tiene que ver con cumplir objetivos; según los cínicos se vincula con la independencia y la autosuficiencia; y así podría seguir haciendo el recorrido teórico de las diferentes concepciones de la felicidad que se han manifestado a lo largo de la historia humana. Pero este no es el lugar y claramente ese no es mi objetivo.
Es importante agregar que la felicidad, desde la perspectiva religiosa es fundamental. Particularmente, en el cristianismo, la felicidad verdadera se alcanza solamente en el más allá, una vez que se ha pasado por este valle de lágrimas o, en el mejor de los casos, la felicidad está en servirle a Dios, esto es conformarse con lo que el ser supremo ha dispuesto para mí.
También debe apuntarse que, para la sociedad moderna, la felicidad se encuentra íntimamente relacionada con el progreso y, por lo tanto, con el desarrollo que, como se sabe, está unido a la acumulación de capital. Así las cosas, hoy en día se promulga que hay que tener mucho para ser feliz, aún cuando desde la doble moral nos digan que el dinero no lo es todo y demás palabrería barata. Esto es porque existen dos niveles: la felicidad que se vende para que todos quieran alcanzarla (la de todo millonario existoso) y la felicidad moral (que no requiere del dinero) y que implica que, aunque se esté mal y marginado, se puede ser feliz.
Si se parte de lo anterior, ya podemos ir entrando en materia, porque la felicidad sirve para no aspirar a más: funciona como tope; y me interesa aquí más que nada discutir la pertinencia de dicho concepto con respecto a la construcción imaginaria que hacemos de nuestro país.
Poner en duda que Costa Rica es el país más feliz del mundo es relativamente fácil, basta con ver la actitud del tico en las carreteras o el aumento de la violencia en la resolución de conflictos intrafamiliares y sociales. ¿Cómo es que, si somos más felices, acudimos tanto a la violencia?
Pero más allá de si es cierta o no la aseveración (y me parece evidente que no lo es), lo interesante es ver la utilidad ideológica implicada en tal proposición porque, si ciertamente somos tan felices, no hay nada que cambiar. No es casual que la noticia apareciera en el año electoral (2009).
En el más reciente concierto de Joaquín Sabina celebrado en el país, contaba el español que un amigo le había preguntado si era feliz, a lo cual el cantautor, tras pensar un momento, respondió que sí. Ante esta respuesta, el amigo le había reprochado: "¿Cómo has podido caer tan bajo?" Y es que la felicidad es más bien contraproducente, en tanto paraliza al sujeto. En términos del psicoanálisis, el deseo (en la medida en que se desea lo que falta) es lo que permite al sujeto moverse y existir. Estar incompleto, ser carente es necesario. Así, la felicidad implica la ausencia del deseo: si soy feliz (completo), no deseo nada, ergo no hay razón para existir.
Si el sujeto cree que es feliz, se vuelve conformista y piensa que vive de la mejor forma posible. Es, por decirlo así, una forma clarísima de autoengaño, donde incluso el sujeto luchará por sostener el status quo, ya que su estado es perfecto y no puede mejorar (no imagina nada mejor). Esto, más que felicidad, es domesticación.
Ya lo decía Figueres, acerca del pueblo tico, somos un pueblo domesticado. Lo irónico es que el propio José Figueres contribuyera a dicha domesticación. Posiblemente, más que irónico sea un vivo ejemplo del cinismo del expresidente, pero eso es otro tema. Lo que importa acá es que Costa Rica, autoengañada, está convencida de que es feliz, de que vive en el mejor sistema posible y, entonces, de que hay que dejar todo como está.
Ante ese pensamiento, es inevitable que a los que levantamos la voz contra esa felicidad, nos acusen de antipatriotas. Y es que, para ellos, venimos a arruinarles la fiesta y eso a nadie le gusta. Si hablamos de pobreza, la respuesta del autoengaño es sencilla: hay más pobres en Nicaragua y tenemos el programa de becas estudiantiles "Avancemos" (porque la educación nos saca de pobres). Si hablamos de violencia también es muy fácil: el autoengaño dice no tenemos ejército. Si denunciamos que quieren destruir el ambiente, ahí está la paz con la naturaleza... Y como vemos una vez más, Hitler y compañía no se equivocaban: la mentira, cuanto más grande, más creíble.
Lo más grave es que el costarricense está dispuesto a sostener esta felicidad a toda costa. Y ante la evidencia de una grieta en la burbuja, la gran mayoría opta por ver hacia otro lado. Es más fácil creer que no es para tanto, en vez de tomar conciencia de que nos han echado del paraíso terrenal.
Sólo así se explica por qué mucha gente estaba molesta con los manifestantes el día del traspaso de poderes. La marcha echaba a perder el acto tan bonito que había preparado el gobierno.
Ya no se puede decir que es sólo culpa de los que están en el poder: el trabajo ideológico ha sido tan bueno que ya no hay relación entre la autoimagen que tiene el tico y la realidad. Hoy muchos costarricenses no son más que Quijotes que no saben diferenciar la ficción de la realidad en aras de la felicidad, y no quieren ver que la Dulcinea de la democracia y la paz, no es más que una máscara.
Como dice el refrán: no hay peor ciego que el que no quiere ver. En Costa Rica, muchos se tapan los ojos ante realidades como la represión policial que venimos sufriendo desde hace tiempo, y que ha venido en escalada en el último mes. Se tapan los ojos ante la corrupción, se tapan los ojos ante la violencia doméstica, ante el aumento del desempleo y la pobreza, se tapan los ojos ante los cuestionados procesos electorales de los últimos ocho años, se tapan los ojos ante la destrucción de la naturaleza, se tapan los ojos ante un sistema que colapsa y que ya no es, ni por asomo, la isla en medio de un caos, ni la Suiza centroamericana, de la que se ufanaban los abuelos (síndrome de felicidad que ha enfermado al costarricense desde su fundación).
Entonces, como decía, si somos felices no hay posibilidad ni necesidad de cambio. Esa es la condena con la que el grupo en el poder acalla a cualquiera que se atreva a disentir. ¡Qué estrategia ideológica más maravillosa!, no hay necesidad de hacer que la gente esté bien, solo basta con hacerles creer que no pueden estar mejor.
El tema da para mucho pero, como defragmentada que estoy, nada más trato de encontrar coherencia en pedazos de la realidad. Otro día, sin duda, vendrán más fragmentos sobre el mismo tema.
por Los DefraGmentados
Afirmaciones del tipo "Costa Rica es el país más feliz del mundo" o "Los mexicanos son pobres... pero felices" (CNNexpansión, 11/05/2010) me hacen reflexionar acerca de la felicidad.
El tema ha ocupado a las grandes mentes a lo largo de la historia de la humanidad y se ha dicho mucho. La felicidad es sin duda un estado absoluto y por ello imposible de alcanzar, si se quiere utópico. Los antiguos griegos desde sus múltiples escuelas filosóficas abordaron el asunto a menudo. Por ejemplo, para Epicúreo, la felicidad se relaciona con el placer, con el hedonismo; desde Aristóteles, más bien tiene que ver con cumplir objetivos; según los cínicos se vincula con la independencia y la autosuficiencia; y así podría seguir haciendo el recorrido teórico de las diferentes concepciones de la felicidad que se han manifestado a lo largo de la historia humana. Pero este no es el lugar y claramente ese no es mi objetivo.
Es importante agregar que la felicidad, desde la perspectiva religiosa es fundamental. Particularmente, en el cristianismo, la felicidad verdadera se alcanza solamente en el más allá, una vez que se ha pasado por este valle de lágrimas o, en el mejor de los casos, la felicidad está en servirle a Dios, esto es conformarse con lo que el ser supremo ha dispuesto para mí.
También debe apuntarse que, para la sociedad moderna, la felicidad se encuentra íntimamente relacionada con el progreso y, por lo tanto, con el desarrollo que, como se sabe, está unido a la acumulación de capital. Así las cosas, hoy en día se promulga que hay que tener mucho para ser feliz, aún cuando desde la doble moral nos digan que el dinero no lo es todo y demás palabrería barata. Esto es porque existen dos niveles: la felicidad que se vende para que todos quieran alcanzarla (la de todo millonario existoso) y la felicidad moral (que no requiere del dinero) y que implica que, aunque se esté mal y marginado, se puede ser feliz.
Si se parte de lo anterior, ya podemos ir entrando en materia, porque la felicidad sirve para no aspirar a más: funciona como tope; y me interesa aquí más que nada discutir la pertinencia de dicho concepto con respecto a la construcción imaginaria que hacemos de nuestro país.
Poner en duda que Costa Rica es el país más feliz del mundo es relativamente fácil, basta con ver la actitud del tico en las carreteras o el aumento de la violencia en la resolución de conflictos intrafamiliares y sociales. ¿Cómo es que, si somos más felices, acudimos tanto a la violencia?
Pero más allá de si es cierta o no la aseveración (y me parece evidente que no lo es), lo interesante es ver la utilidad ideológica implicada en tal proposición porque, si ciertamente somos tan felices, no hay nada que cambiar. No es casual que la noticia apareciera en el año electoral (2009).
En el más reciente concierto de Joaquín Sabina celebrado en el país, contaba el español que un amigo le había preguntado si era feliz, a lo cual el cantautor, tras pensar un momento, respondió que sí. Ante esta respuesta, el amigo le había reprochado: "¿Cómo has podido caer tan bajo?" Y es que la felicidad es más bien contraproducente, en tanto paraliza al sujeto. En términos del psicoanálisis, el deseo (en la medida en que se desea lo que falta) es lo que permite al sujeto moverse y existir. Estar incompleto, ser carente es necesario. Así, la felicidad implica la ausencia del deseo: si soy feliz (completo), no deseo nada, ergo no hay razón para existir.
Si el sujeto cree que es feliz, se vuelve conformista y piensa que vive de la mejor forma posible. Es, por decirlo así, una forma clarísima de autoengaño, donde incluso el sujeto luchará por sostener el status quo, ya que su estado es perfecto y no puede mejorar (no imagina nada mejor). Esto, más que felicidad, es domesticación.
Ya lo decía Figueres, acerca del pueblo tico, somos un pueblo domesticado. Lo irónico es que el propio José Figueres contribuyera a dicha domesticación. Posiblemente, más que irónico sea un vivo ejemplo del cinismo del expresidente, pero eso es otro tema. Lo que importa acá es que Costa Rica, autoengañada, está convencida de que es feliz, de que vive en el mejor sistema posible y, entonces, de que hay que dejar todo como está.
Ante ese pensamiento, es inevitable que a los que levantamos la voz contra esa felicidad, nos acusen de antipatriotas. Y es que, para ellos, venimos a arruinarles la fiesta y eso a nadie le gusta. Si hablamos de pobreza, la respuesta del autoengaño es sencilla: hay más pobres en Nicaragua y tenemos el programa de becas estudiantiles "Avancemos" (porque la educación nos saca de pobres). Si hablamos de violencia también es muy fácil: el autoengaño dice no tenemos ejército. Si denunciamos que quieren destruir el ambiente, ahí está la paz con la naturaleza... Y como vemos una vez más, Hitler y compañía no se equivocaban: la mentira, cuanto más grande, más creíble.
Lo más grave es que el costarricense está dispuesto a sostener esta felicidad a toda costa. Y ante la evidencia de una grieta en la burbuja, la gran mayoría opta por ver hacia otro lado. Es más fácil creer que no es para tanto, en vez de tomar conciencia de que nos han echado del paraíso terrenal.
Sólo así se explica por qué mucha gente estaba molesta con los manifestantes el día del traspaso de poderes. La marcha echaba a perder el acto tan bonito que había preparado el gobierno.
Ya no se puede decir que es sólo culpa de los que están en el poder: el trabajo ideológico ha sido tan bueno que ya no hay relación entre la autoimagen que tiene el tico y la realidad. Hoy muchos costarricenses no son más que Quijotes que no saben diferenciar la ficción de la realidad en aras de la felicidad, y no quieren ver que la Dulcinea de la democracia y la paz, no es más que una máscara.
Como dice el refrán: no hay peor ciego que el que no quiere ver. En Costa Rica, muchos se tapan los ojos ante realidades como la represión policial que venimos sufriendo desde hace tiempo, y que ha venido en escalada en el último mes. Se tapan los ojos ante la corrupción, se tapan los ojos ante la violencia doméstica, ante el aumento del desempleo y la pobreza, se tapan los ojos ante los cuestionados procesos electorales de los últimos ocho años, se tapan los ojos ante la destrucción de la naturaleza, se tapan los ojos ante un sistema que colapsa y que ya no es, ni por asomo, la isla en medio de un caos, ni la Suiza centroamericana, de la que se ufanaban los abuelos (síndrome de felicidad que ha enfermado al costarricense desde su fundación).
Entonces, como decía, si somos felices no hay posibilidad ni necesidad de cambio. Esa es la condena con la que el grupo en el poder acalla a cualquiera que se atreva a disentir. ¡Qué estrategia ideológica más maravillosa!, no hay necesidad de hacer que la gente esté bien, solo basta con hacerles creer que no pueden estar mejor.
El tema da para mucho pero, como defragmentada que estoy, nada más trato de encontrar coherencia en pedazos de la realidad. Otro día, sin duda, vendrán más fragmentos sobre el mismo tema.
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